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La rebelión contra Gadafi es seria, no hay duda. Ni las proclamas del dictador, ni las promesas de repartir mejor las ganancias del petróleo, ni la entrega extravagante de dinero a las familias que lo soliciten, ni aún la represión y los bombardeos logran aplacar la rabia de la población y el deseo de un cambio que pasa por el final del “líder de a revolución”. Ya se ha atacado militarmente a los ciudadanos en las calles y siguen los bombardeos sobre las zonas en las que los opositores han logrado el control. Toda esta bárbara crueldad (se calcula que ha podido haber ya más de 6000 muertos) se acompaña con las amenazas de ataques aún más brutales y con una masacre de dimensiones difíciles de determinar si hay algún tipo de intervención internacional. La rebelión es tan seria que Gadafi, sin contemplaciones, contraataca con salvaje ferocidad. Su opción es aniquilarla.

Mientras, Europa, Estados Unidos, la ONU, etc. dudan y no se ponen de acuerdo sobre el modo de reaccionar. Por una parte, los que niegan el derecho de injerencia –ni humanitaria- con la disculpa de que no se puede intervenir en “asuntos internos”. Por otra, los que temen que cualquier operación internacional resulte ineficaz o produzca un efecto contraproducente en el mundo árabe  o en las calles de Libia, como ha dicho el nuevo ministro de Asuntos Exteriores francés. A la vista de lo que está ocurriendo, la discusión sobre el derecho (o/y el deber) de injerencia en defensa de los derechos humanos resulta absurda. Se puede debatir sobre la necesidad del amparo del Consejo de Seguridad a una decisión de este tipo o sobre la conveniencia de que no sea Estados Unidos el país que encabece una suerte de coalición internacional –como si otros pudieran hacerlo- pero no argumentar que el concepto de democracia o de derechos humanos es distinto según en que culturas o zonas del mundo (que se lo digan a los que arriesgan su vida en Libia buscando la libertad) o que se trata de un “asunto interno” ante el que sólo se puede protestar desde algún cómodo despacho. Asimismo, y sin negar las dificultades, da la impresión de que tanto la ONU como los países occidentales no han aprendido nada de intervenciones anteriores, exitosas o no, ni se han preparado para tener que defender a los ciudadanos de cualquier país de la brutalidad de sus dictadores en un mundo que, una y otra vez, se dice que está globalizado y que es interdependiente. Se diría que toda la capacidad de análisis de los líderes occidentales se ha basado en que nada de lo que está pasando fuese posible o, en todo caso, en que cada palo aguante su vela, cada ciudadano sus desgracias, cada país sus dictadores, mientras los negocios y el control de las fronteras vayan bien, asuntos éstos en los que el análisis y la prospectiva han dado mucho triunfo.

En medio de esta parálisis de espectadores (aunque sean espectadores con aire de enfadados), Gadafi sigue con su brutalidad y los rebeldes piden, no sin escepticismo, ayuda. ¿No hay modo de enfrentarse a Gadafi? Tiene que haberlo, incluso asumiendo riesgos, incluso dando por supuesto que reaccionar y buscar, para empezar, una zona de exclusión aérea exige acciones de guerra. Si la decisión debe corresponder al Consejo de Seguridad, las propuestas deben venir de los países y las organizaciones regionales que no pueden conformarse ni con la retórica ni co n la confiscación de bienes al dictador y su familia dentro de las fronteras de cada cual. La intervención internacional es urgente y debe ser puesta en marcha, con las cautelas necesarias, cuanto antes. Si no es así, la matanza será responsabilidad de Gadafi, claro, pero, en su parte correspondiente, de los indiferentes.

 

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