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Desde el punto de vista electoral, la operación pretendidamente iniciada por el presidente Rodríguez Zapatero con el último cambio de Gobierno ha sido un fracaso. No era mal proyecto aunque resultase ya entonces tardío y desacompasado con las circunstancias: convertir las reformas obligadas y tanto tiempo demoradas en la base de un programa, convertido en propio, en el que el PSOE tomara de nuevo la iniciativa y explicara a los ciudadanos las razones y los objetivos. Pero ya era tarde, por el peso del pasado (que se había tomado como un cúmulo de éxitos y se convertía en un lastre), para que “el presidente y quince portavoces” desplegaran un discurso y una acción política fundamentada en la negación de la retórica precedente. Todo ha quedado, desde entonces, en algunos triunfos estratégicos que sólo afectan a las ocasionales batallas dialécticas con el Partido Popular. No, desde luego, a la constante y creciente desafección de los ciudadanos que en el pasado votaron al PSOE o se sintieron admirados o envidiosos por su marcha triunfal. Lo sorprendente es que el Gobierno y su partido parecen no haberse dado cuenta de la gravedad de la situación en la que se encuentran. Los socialistas son conscientes de su lamentable situación pero no de los remedios que precisan, que es lo mismo que no reparar en la gravedad. Han optado por la improvisación, por los intentos desordenados y vanos, como si pudieran convocar a los hados y producir una suerte de magia que cambie las cosas. Es difícil encontrar otra explicación al absurdo de proponer un debate sobre política social en el momento en que, por los ajustes, se desmorona el castillo de naipes que había sido su signo de identidad. O a responder a los graves problemas energéticos, con la disculpa de la crisis de Libia, ordenando una reducción de la velocidad máxima en las autopistas. O a ensayar con un deje de falsa impostación la carrera de las descalificaciones del adversario, una estratagema que está a todas luces desgastada: su problema es la credibilidad, no las virtudes del adversario. Y, en pleno plano inclinado, alientan y propician el más absurdo debate sobre la sucesión del presidente Rodríguez Zapatero, no planteado como el origen de un proyecto para el futuro, sino como la búsqueda

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