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El dramático caso de Libia refleja, con mayor escándalo que el de otros países de la zona, el desgraciado egoísmo occidental. El viejo Gadafi, otrora impulsor y financiero del terrorismo, se volvió hacia las democracias occidentales y ha tratado de compaginar esos gestos de cooperación con la dictadura y la represión de los ciudadanos libios. A Occidente, anteponiendo los intereses económicos, no sólo le ha importado un bledo la vida y los derechos de los libios, sino que se ha plegado gustoso a hacer carantoñas y reír las extravagancias del dictador. Toda esta ola de rebeliones contra dictadores debería servir para, al menos, entonar el mea culpa de Europa y los Estados Unidos y el diseño de una nueva forma de hacer política exterior pero, por el momento, sigue triunfando la debilidad hasta en las condenas.

En algunos países, los dirigentes pretenden compensar la inanidad y el susto con condenas formales de la represión (la de ahora, no la de siempre) aunque en España aún estamos por escuchar con claridad al presidente Rodríguez Zapatero, no se sabe su desbordado o temeroso de tener que hablar también de Marruecos, país al que la ministra de Exteriores saca la cara una y otra vez como si fuese una democracia homologable. Ni los muertos de este fin de semana son capaces de hacer mudar el gesto de la diplomacia española…

Mientras, el régimen de Gadafi se desmorona con sangre, con ataques militares a los ciudadanos por tierra y aire. Quizá sea el principio del fin pero la represión brutal, que da cuenta del verdadero rostro de la dictadura, es el modo elegido para responder a las demandas de libertad. En medio de la tragedia resulta ejemplar comprobar que los ciudadanos que se rebelan no se amilanan ante el cambio de estrategia de los dictadores. Si algunos, como ocurrió en Túnez o en Egipto, dieron muestras de debilidad que alentaron las protestas, la violencia de otros no ha hecho que las demandas se apaguen.

Ojalá los libios consigan derrocar a Gadafi e iniciar un proceso hacia la democracia. Algunos síntomas (desde la firmeza de los opositores a la quiebra del sistema que revelas las deserciones en el ejército y la dimisión de importantes embajadores) abren una ventana de esperanza teñida de sangre. Pero si lo consiguen no será, desde luego, por el apoyo serio y contundente de las democracias occidentales. Y, más allá de ser espectadores de lo que ocurre, debería hacernos pensar.

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