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Un informe “independiente” del propio Fondo Monetario Internacional hace una dura autocrítica sobre su actuación durante el mandato de Rodrigo Rato, aludiendo tanto a la falta de previsión de la crisis financiera que iba a llegar como a la dureza con que pudo tratarse a algunos países emergentes, en contra de la bondad con la que pudieron ser tratados otros.

El informe ha tenido un eco inusitado por varias razones, entre las que se pueden subrayar tres: una, por el hecho de que un organismo internacional de la importancia del FMI se fustigue, con la crisis aún viva y su importante papel en la misma, con una autocrítica de este naturaleza; dos, porque da alas a quienes han venido criticando la poca fiabilidad de los análisis y previsiones de este tipo de organismos, sobre todo a los que veían en ellos un modo de imponer, vía crisis, una suerte de “pensamiento económico único”; y, tres, en nuestro país, porque no faltan los que aprovechan la circunstancia en dos batallas: la emprendida por Rodrigo Rato en las fusiones encabezadas por Caja Madrid, la entidad financiera que ahora preside, y, de modo más general, como si el informe desacreditara la política económica sugerida por el PP y la referencia constante de este partido a lo que se hizo cuando el antiguo director general del FMI era vicepresidente económico del Gobierno de José María Aznar.

Nada de ello resuelve del todo una cierta sospecha sobre el pretendidamente autoinculpatorio informe. Y digo pretendidamente porque da la impresión de que se trata más bien de un alegato de los actuales responsables del FMI contra sus antecesores, como si quieran dar la impresión de que, ahora, con nuevas responsabilidades, son “otra cosa”, como si quisieran mejorar la mala imagen que el Fondo pudiera tener en ciertos sectores de la opinión pública internacional asegurando, un tanto simplemente, que todo eso era achacable a una etapa anterior y no a ésta. Estábamos acostumbrados a que esta suerte de “auditorías” las hiciesen los gobiernos sobre sus antecesores en el poder pero no que en el FMI, con tan poco matiz, se trabajase como si el equipo de Strauss-Khan fuera la oposición al de Rato que, de pronto, consigue el poder.

No se puede negar que el FMI y muchos otros organismos internacionales y nacionales, públicos o privados, no previeron la que se venía encima o, en todo caso, no valoraron la crisis como realmente resultó ser. Eso es innegable pero sería, en todo caso, un desdoro para todos los analistas (salvo algunos que fueron considerados catastrofistas entonces y alabados hoy) y no sólo para los del FMI que, en muchas ocasiones utilizan, como los demás, informes procedentes de otras instituciones o países. Es más, la supervisión financiera no era una competencia entonces del FMI, sino del G7 y a ella tampoco eran ajenos los distintos países y sus bancos centrales que, al parecer, estaban tan despistados como los economistas de Rato. Y, por otro lado, si el enfado por algunos informes del Fondo fue mostrado por diversos países (y entre ellos algunos de los más poderosos) porque querían dar una imagen mejor que la que aquellos revelaban, es lógico que la mayor dureza no en los papeles sino en las exigencias estuviera, como ahora, con los que recibían dinero a cambio tanto de su devolución como de reformas en las estructuras económicas nacionales.

Puestos a ser escépticos y mal pensados con el FMI, ¿por qué creerle ahora? ¿Es una campaña de imagen? ¿Tiene algo que ver con las aspiraciones del actual director general a la presidencia francesa, es decir, con ofrecer “otro modo de hacer” ante los recelos de ciertos sectores de la izquierda de los que necesitaría su apoyo? ¿Es una venganza entre funcionarios? Y, aquí, ¿se está contemplando el informe con objetividad o con el habitual aire cainita de nuestro “debate” político?

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