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Un ministro se reúne con un grupo de periodistas y les cuenta el plan a medio plazo: el presidente no se presentará a las elecciones de 2012, las listas socialistas estarán encabezadas por Alfredo Pérez Rubalcaba, que no será secretario general porque, para 2016, la líder del partido será Carmen Chacón. Un vicepresidente, casi al mismo tiempo, habla de Rodríguez Zapatero en pasado, como si su capital político estuviera ya amortizado o en ruina. Un presidente autonómico pide que el presidente revele su futuro de inmediato para que las próximas elecciones autonómicas no se conviertan en un plebiscito sobre su gestión.

Después, la convención de Zaragoza se trueca en una nueva reivindicación de Rodríguez Zapatero, que recibe al ministro para que le diga que él ni había dicho eso, a vicepresidente para que le pida disculpas por su lapsus verbal y saluda al presidente autonómico para que se decida a mantener la calma y dejar que el secretario general decida cuando quiera. Sin embargo, esta maldición vuelve como las manecillas del reloj y, al menor descuido, a la más mínima preocupación, al más leve gesto del vicepresidente Pérez Rubalcaba o la más vaporosa muestra de duda del presidente, ya estamos otra vez con las cuitas del PSOE.

Todo ello evidencia, entre otras, dos cosas importantes para el futuro del socialismo español. La primera, que el desapego de muchos de sus votantes (los necesarios para ganar las elecciones) no se corrige con convenciones, ni con pactos sociales, ni con palmaditas en el hombro de Angela Merkel y sus socios europeos. A veces da la sensación de que el Gobierno y su partido se alejan del precipicio pero nunca, por ahora, del plano inclinado por el que van descendiendo a pesar de algunos éxitos estratégicos. Quienes podían hacer algo por remediarlo tienen que ser llamado al orden para que se note un poco menos el desasosiego. Y la segunda, que no hay manera de poner un cortafuegos para el desanimo en las propias filas socialistas que, cada día más, quieren identificar un proyecto fracasado con el presidente, empaquetarlo y dejarlo en la cuneta para ver que logran salvar.

Hace muy poco el proyecto era de todos y todos estaban con un presidente que, además del aura de triunfo, era, nos recordaban, el que más unido y controlado tenía al PSOE desde la muerte de Franco. Ahora, quieren convertirlo en prescindible sin reparar, al parecer, en que no tienen una alternativa seria ni nadie que la encabeza con una previsión de mejores resultados. El cambio que precisa el PSOE no es precisamente de lavar y empaquetar, sino de poner patas arriba, es decir, discutir seriamente, qué programa –propio, no impuesto por las circunstancias o la Unión Europea- quieren ofrecer y como se arbitra estratégicamente. Pero sobre esto, y ese es el drama, parece que ni el ministro, ni el vicepresidente, ni el presidente autonómico tienen nada que decir ni tiempo para inventarlo.

El presidente puede clamar a estas horas como Ricardo II: “¿No eran los míos? ¿No gritaban viva el rey en otro tiempo?”. Pero ya no había remedio ni servía para nada perorar sobre el carácter augusto del buen gobernante. Sólo quedaba esperar el fin en el castillo de Pomfret.

 

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