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La comparecencia pública de los líderes de los dos principales sindicatos para explicar sus acuerdos con el Gobierno fue ayer todo un fascinante ejemplo de retórica sindical. Retórica en el peor sentido de la palabra, es decir, en el adorno de la vaciedad.

Uno podría entender que, en el asunto mollar de la reforma de las pensiones, los sindicatos optaran por buscar el modo más favorable de explicarlo pero sin ocultar que, en la base misma de la reforma pactada, está la razón por la que se desbarata toda la propaganda sindical desplegada hasta el momento. La reforma misma demuestra que no era cierto que el sistema funcionara correctamente y no necesitara revisión, que es lo que decían y ahora niegan hasta el punto de reconocer tanto los riesgos como los factores demográficos, es decir, los argumentos que el Gobierno exponía con la malvada intención que ocultar su conversión neoliberal y las presiones de los mercados.

Ahora, además, el hecho de que hayan logrado algunas concesiones (jubilación a los 65 años si se ha cotizado 38 años y medio, cómputo de los periodos de jóvenes en formación o padres que optan por el cuidado de menores) sirve a los líderes sindicales para asegurar, sorprendentemente, que se conjura la minoración de las pensiones futuras. La reforma, por exigencias de un guión grave pero real, aminora las pensiones como lo aminora también el aumento del periodo de cómputo, del que ya no se habla. Si hay que pactar, elógiese el pacto, pero no parece de recibo negar la realidad.

Al parecer, tenía también razón el Gobierno al pretender que los sindicatos entren a negociar la política energética. Y si no la tenía, que no la tiene, los líderes de UGT y CCOO tendrían que haber concretado el sentido de los chistes que hace poco se hicieron sobre ello. La reforma del sistema energético, que incluye una postura sobre el coste de las renovables (y los efectos que podría tener sobre los que, con el sistema actual, han invertido en ellas) entra en el terreno indudable de los pactos de Estado que, ni formalmente, se puede dejar a la negociación con sindicatos y patronales.

Está bien, y tiene su rasgo irónico, que el mantenimiento de ayudas a parados que hayan agotado sus prestaciones se lleve al acuerdo después de haber sido anunciado por el Gobierno. Aquí, más que negociar, se aplaude un gesto que se convierte en una política gestionada por el Estado y no por las administraciones autonómicas sin que sepamos que va a ocurrir con sistemas adicionales de salarios y ayudas asistenciales puestas en marcha por algunos gobiernos regionales.

Y escuchar a los mismos sindicatos que quieren cambiar el sistema productivo que las ayudas establecidas para contrataciones temporales de jóvenes debe tranquilizar a estos resulta, sencillamente, escalofriante. Sobre la negociación colectiva el éxito es poner sobre un papel que van a hablar de lo que y se sabía, sin papel, que iban a hablar.

 

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