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Decía De Gaulle, ya que las relaciones de Francia con muchas dictaduras (francófonas o no) se consideraban importantes en su política exterior, que no trataba con regímenes, sino con Estados. No sólo él, como es evidente ahora, tras las revueltas populares en Túnez y Egipto, y como era igualmente evidente antes. Si hay que tratar con Estados, las democracias occidentales no deberían olvidar también que en esos Estados hay ciudadanos que ven sus derechos y libertades eliminados del panorama. Una cosa son los intereses, que no son despreciables, y otra las responsabilidades. Túnez y Egipto, por ejemplo, eran –son todavía- baluartes de la Alianza de Civilizaciones propiciada por el presidente Rodríguez Zapatero, como si la cuestión fuera que no somos lo suficientemente respetuosos con lo que en tantos países ocurre. Una cosa son las Civilizaciones, si es que tal cosa existe en plural y otra los ciudadanos que padecen los dramáticos efectos de esa “diversidad” aceptada sin más o por la fuerza de algunos intereses que no son los de los derechos humanos.

Los países occidentales –desde Estados Unidos a la Unión Europea- confiscan o retienen bienes de los ladrones que han campado en esos países, como si buena parte de los negocios no se hubiera hecho con ello, y piden ahora transiciones a la democracia, como si la manifestación de un deseo resultara suficiente. Quizá sólo para inventarse una tranquilidad de conciencia un tanto escandalosa. Quizá ya es tarde para cualquier influencia seria, pero no está de más tomar nota de lo que no se ha hecho hasta ahora bajo el abrigo del realismo en las relaciones internacionales por si sirve para el futuro o para rehacer las políticas internacionales de las democracias occidentales.

Mientras, estas revoluciones, que revelan un hartazgo continuado, no pueden sino ser vistas con una mezcla de esperanza y escepticismo. No todos los enemigos de estos regímenes dictatoriales son precisamente demócratas y no hay modo, por el momento, de asegurar que vayan a ser estos, los demócratas, los que se salgan con la suya. Que debería ser la nuestra.

 

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