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Con un cierto estilo kennedyano, el presidente del Gobierno de Valencia dijo ayer que las comunidades autónomas, en vez de preguntarse que puede hacer España (el Gobierno central, el Estado) por ellas, deberían preguntarse qué pueden hace ellas por España. Francisco Camps concretó esta formulación en cinco claves que tienen evidentemente interés: la austeridad, la cooperación, la coordinación, la solidaridad y la lealtad. Concebir la primera como un modo de utilizar adecuadamente unos recursos que son de todos los españoles y la última, la lealtad, como un instrumento que convierte el ejercicio del poder autonómico en parte de un proyecto nacional son ideas que, desgraciadamente, se han olvidado demasiado a menudo en la absurda deriva que ha tomado, para la propia desgracia del sistema, el Estado de las Autonomías.

En este marco, cambiar de un lado la voracidad de los gobiernos regionales, como si estuvieran cada uno de ellos, no ya fuera del entramado constitucional, sino realmente fuera del mundo, desconectados de la realidad en la que viven, la coordinación, la cooperación y la solidaridad mutua suponen un cambio de paradigma interesante que ahora habría de concretarse.

La formulación de Camps, de todos modos, supone situar el debate sobre el futuro de las autonomías en el terreno correcto, entre el falso paraíso de los que no quieren reconocer que tenemos un problema y entre el igualmente falso desierto que, con la disculpa del problema, parecen querer terminar con un sistema que, funcionando razonablemente, ha dado y puede seguir dando magníficos resultados. Que la propuesta venga de un presidente autonómico resulta, en este sentido, gratificante.

En un acto dominical de partido seguramente no se puede llegar más allá de la línea en la que se ha colocado Francisco Camps. Ofrece, sin embargo, a su partido una serie de criterios para que, sin alarmismos ni demagogias –y, desde luego, sin escapar de la realidad por no molestar a nadie, concrete un programa adecuado para las elecciones de mayo y las generales del año que viene. Queda claro, en este sentido, que lo que se dirime en las elecciones autonómicas no es sólo una cuestión regional, sino un modelo de organización política al que los excesos han puesto en duda.

 

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