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Lo de Berlusconi (todo, desde los ataques a la libertad de expresión hasta el actual escándalo del “Rubygate” pasando por los intentos de manipular la Justicia) puede tomarse como un chiste desagradable o como una seria afrenta al modelo europeo de democracias. Me interesa subrayarlo ahora porque, cuando ganó las elecciones, hubo aquí, en España, quien se llenó la boca hablando de la “falta de complejos” y los “valores” de Il Cavalieri como pretendido modelo para la derecha española ante el desastre socialista.

La Oposición, incluidos sus socios recientes, piden la dimisión, los sindicatos se rebelan, la patronal muestra su preocupación por la parálisis del país, la Iglesia contiene el juicio pero muestra su preocupación. Sin embargo, el sigue apareciendo en los programas informativos y de debate y perorando en cuanta ocasión se le brinda para, entre insultos y zafiedades, seguir diciendo que es un líder sin complejos y que, contra todos (la Justicia, el presidente de la República, la prensa que no controla, la izquierda y los traidores de la derecha), sigue también defendiendo sus valores.

Podría ser que el control de la prensa, la dependencia de la Justicia para evitar un supuesto “Gobierno de los jueces”, los favores a los suyos, los festejos privados, el dispendio del dinero con jovencitas y el sexo pretendidamente “revitalizador” sean para algunos, y para Berlusconi, valores propios de la sociedad que desea. Es evidente que actúa sin complejos pero también sin consideraciones hacia los que piensan que los valores públicos y privados deberían ser otros. Los que mostraron su contento aquí con el triunfo electoral de Berlusconi, que no son anónimos y quieren influir en el PP del presente, deberían explicar que valores desean realmente para la derecha española. Quizá algunos piensen que basta con la defensa que un esperpéntico teólogo italiano ha hecho del primer ministro: “si las leyes defienden a la Iglesia y sus objetivos, poco importa el puterío y el resto de costumbres”.

Allá cada cual con el juicio que haga de la vida de Berlusconi. Lo que interesa subrayar ahora son dos cosas. Una, que actuar sin complejos no dice nada y, a menudo, es el disfraz para todo tipo de barbaridades. Y dos, que todos tenemos nuestros “valores”, que son infinitos y contradictorios. Lo importante es que nadie pretenda imponerlos en una sociedad, sino que, por el contrario, establezca el modelo político en el que cada cual pueda defender y vivir los suyos: la democracia, la laicidad, el respeto a las libertades, los derechos individuales, la independencia de la Justicia, etc. Lo malo de Berlusconi, para enseñanza de los entusiastas, es que considera a menudo que las ilegalidades y los delitos son también parte de sus “valores” y que, como ganó las elecciones, puede hacer lo que le plazca en casa y fuera de casa, a su favor o en contra de los ciudadanos.

 

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