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En el programa electoral con el que se presentó Rajoy a las últimas elecciones generales se apuntaba, sin mayores concreciones, que la pirámide demográfica y el envejecimiento de la población suponían retos, en cuanto a las pensiones, que debían ser abordados de inmediato. Está por ver –o, mejor, por explicar- si estos retos, que son la búsqueda de soluciones a problemas reales, es decir, establecer criterios para la pervivencia del sistema a medio plazo, se pueden resolver con la propuesta de un aumento voluntario e incentivado de la edad de jubilación, como ahora señala la derecha o la reforma debe ser más profunda e imperativa. Todo ello, claro está, tras un incremento del periodo de cotización, con el que el PP está de acuerdo, y que ya supone una merma en unas pensiones más bajas que las de los países con los que nos comparamos o ponemos como modelo. Muchos analistas y organismos internacionales, así como los socios de España en la Unión, se muestran más cercanos a las dolorosas medidas del Gobierno que a la contención –con evidente propósito electoral- del PP.

Es más, cuando el PP propuso que las empresas destinaran una parte del salario a planes complementarios de pensiones, revelaba, aunque la propuesta quedara en nada, que era consciente de los riesgos del sistema. Ahora, la crisis, el aumento del paro y las dificultades de crear empleo suficiente a corto plazo, aumentan el problema e imposibilitan que, con un sistema como el que se propuso, los trabajadores estén dispuestos a una reducción aún mayor de sus salarios. Sobre todo cuando muchos han tenido que aceptarla por obligación o por cooperación con la supervivencia de las empresas.

Es en este contexto en el que se podría producir, además del acuerdo del PSOE con CiU, PNV y CC, el consenso con sindicatos y trabajadores. No será el resultado la propuesta que hizo el Gobierno (y que placía a socios internacionales e inversores) pero irá en la dirección de incrementar la edad de jubilación, que es a lo que el PP viene oponiéndose. Más le habría valido a la derecha española convertirse en foco de iniciativas y de las propuestas a debate que esperar, para decir que no, a lo que demandaban sus colegas ideológicos en Europa. Ahora tendrá que dar las explicaciones, si es que llegan, más que a posteriori, tarde. Y, si todo termina como ahora avanza, quizá se quede en la única compañía de algunos nacionalistas y la izquierda parlamentaria. Es, ciertamente, una alternativa, un modo de subrayar que no se está cerca del Gobierno, pero no se si es la alternativa que hace falta ni incluso la que quisiera el PP.

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