No ha sido ni mucho menos general pero sí se han oído voces, aquí y allá, responsabilizando al Tea Party (y a Sarah Palin como su cabeza más visible), del atentado  contra la congresista norteamericana Gabrielle Giffords. Es una acusación que no tiene ningún sentido ni justificación y que, en contra de lo que sus protagonistas quieren hacer ver, demuestra que la crispación y el desafuero no están ni proceden de uno sólo de los territorios ideológicos.

Hace bien, por tanto, la señora Palin en defenderse como sabe, es decir, con el tono particular que imprime a todas sus intervenciones, pero asistida en este punto de la razón: ni es la instigadora del atentado de Tucson ni la fiereza del debate político lleva impepinablemente al crimen. Y entiendo su enfado.

En su alegato de defensa, grabado y difundido por su página de Internet, hay dos cosas, además de la obviedad antes subrayada, que me interesa comentar. En primer lugar, la afirmación de que vivimos en un mundo de seres humanos y no de ángeles y que, por tanto, además de necesitar el Gobierno, el debate público no es precisamente cordial. Todo depende de qué se entienda por cordial porque, lógicamente, nadie pretende que la confrontación de discrepancias políticas sea cariñosa, pero sí puede ser –y creo que debe ser- amable y cívica. El debate político puede ser apasionado, contundente, fruto de convicciones firmes, radical incluso, pero debería estar presidido, además de por la cortesía, por el convencimiento propio de que las opiniones que se manifiestan no son dogmas, que los valores son plurales y contradictorios, que cabe la posibilidad de que el adversario nos convenza aunque, mientras no ocurra, se defiendan las ideas propias con toda la firmeza.

El problema del Tea Party no es la solicitud de menos Gobierno, de menos impuestos ni de una particular interpretación de los “padres fundadores” de los Estados Unidos, asuntos que forman parte del lógico debate político, sino la pretensión de que los “valores” son sólo los propios. Ahora se dice que el senador Ron Paul, padre de Rand, recién elegido en Kentucky con el apoyo del Tea Party, es algo parecido a la conciencia intelectual de este movimiento. O no es así o el político de Texas ha cambiado porque se negó a votar otorgar una medalla a la madre Teresa de Calcuta argumentando que Estados Unidos y sus instituciones no podían identificarse con un credo determinado. El problema del Tea Party es que el hijo, paradójicamente, tiene las ideas menos claras que el padre y cree que sus valores pueden y deben identificarse con los del país.

Por ello, lo que creo que falta en el alegato de defensa de Palin es subrayar que la distancia entre ella y el presunto asesino de Tucson no está sólo en la violencia, sino también en el convencimiento, que el detenido desde luego no tiene, de que la congresista Giffords tiene todo el derecho a exponer sus ideas y defenderlas con pasión, sin ser no ya atacada sino importunada por hacerlo porque el escenario del debate no es el de dogmas contra dogmas contra sofismas, el de hombres buenos contra demonios, el de verdades contra errores, sino el más cívico y cortés de opiniones contra opiniones.

 

Anuncios