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La palabra clave del Informe Económico presentado por el presidente Rodríguez Zapatero es “reformas”. No deja de ser irónico después de tanto tiempo –ya pasado, hace no mucho, aunque la deriva del Gobierno lo haga aparecer como prehistórico- escuchando que lo de “reformas” era la cantinela inoperante de la Oposición y, poco después, que era lo que el presidente y sus ministros estaban impulsando desde siempre. A pesar de todo, para este 2011, reformas, las pendientes y las que se han hecho mal o se han quedado a medio camino.

El drama, como no podía dejar de señalar el presidente, es el paro. Decir que es “inasumible” es una queja vacía si no va acompañado de un programa que propicie la creación de riqueza y de empleo. Si tardará en conseguirse no es porque los españoles, de pronto, hayan dejado de tener iniciativas o espíritu emprendedor ni que, por arte de magia, se hayan vuelto ciegos ante las oportunidades de negocio. Es, sencillamente, porque padecemos un anquilosamiento que lo hace imposible. No hay crédito porque no se ha abordado la deuda de las entidades financieras y la reforma del sistema, que se ha convertido en una serpiente interminable hasta un punto en que ya no son válidos los llamamientos al orden y hay que pasar a las decisiones ejecutivas, sobre todo en un sector –como el de las cajas de ahorro- de evidente dependencia pública. No hay crédito y hay, además, un sistema atrofiado de administraciones, competencias solapadas, diferencias que atacan la lógica y la unidad de mercado. No hay crédito, no hay un espacio proclive a la iniciativa económica y no tenemos el sistema laboral más adecuado. La reforma se quedó a medio camino, inclinada más a los salarios que a la competitividad y la claridad en las contrataciones, pendiente aún de resolver la negociación colectiva. Tampoco tenemos una regulación energética acertada ni un sistema educativo eficiente para el presente y el futuro.

Es cierto, por tanto, que la gran tarea son las reformas. Dolorosas algunas, pero necesarias. No hay en ella dogmas, sino que configuran un territorio para la discusión seria y, en su caso, el consenso. Y, sobre todo, deben ser profundas y urgentes. Si nos las reclaman desde fuera, bien, pero los primeros demandantes tendríamos que ser los españoles. El tiempo perdido es tanto que ya, sencillamente, no hay tiempo que perder.

 

 

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